
El Papa Juan Pablo II, en su última encíclica, «Ecclesia de Eucharistia", escribía: "La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Esta experimenta con alegría, de múltiples formas, cómo se realiza continuamente la promesa del Señor: "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20); pero en la sagrada Eucaristía, por la conversión del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única (...).
Con razón proclamó el concilio Vaticano II que el
sacrificio eucarístico es "
fuente y cima de toda la vida cristiana" (Lumen gentium, 11)... Por tanto, la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor" (n. 1). Toda comunidad cristiana crece alrededor de la Eucaristía y experimenta su acción eficaz y santificadora, especialmente cuando se reúne en el día del Señor, el domingo, Pascua semanal. Parece oportuno subrayar aquí que, desde los primeros tiempos de la Iglesia, los pastores han recordado continuamente a los fieles la importancia de santificar el día del Señor, así como la necesidad de participar en la asamblea litúrgica. "Déjenlo todo en el día del Señor y corran con diligencia a su asamblea, porque se trata de vuestra alabanza a Dios. De otro modo, ¿qué justificación tendrán ante Dios los que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la palabra de vida y nutrirse con el alimento divino que es eterno?" (Doctrina de los Apóstoles, II, 59, 23).
El llamado de los pastores ha encontrado generalmente la adhesión convencida y cordial de los fieles que, en muchas situaciones de peligro, afrontaron incluso la persecución con verdadero heroísmo. Baste recordar, entre otros muchos, a aquellos cristianos que, en tiempos del emperador Diocleciano, desafiaron el edicto imperial que prohibía las asambleas cristianas y aceptaron la muerte con tal de no faltar a la Eucaristía dominical. Es célebre la respuesta que una mártir de Abitina, en África proconsular, dio delante de sus acusadores: "Nosotros no podemos estar sin la cena del Señor. (...) Sí, he ido con mis hermanos a la asamblea y a la cena del Señor porque soy cristiana" («Acta SS. Saturnini, Dativi et aliorum plurimorum martyrum in Africa», 9, 10).
En la misma encíclica «Ecclesia de Eucharistia", Juan Pablo II exhorta a toda la Iglesia a vivir un verdadero y real "asombro eucarístico". Todos tenemos una gran necesidad de este asombro. El asombro ante el don de Dios, que se ofrece a sí mismo por la vida del mundo. Un don del que somos no solamente destinatarios maravillados y felices, sino en el que también estamos implicados para convertirnos en sus testigos por los caminos de nuestro mundo. Hacer esta experiencia en la misa dominical significa experimentar la comunión que nos une a todos íntimamente con Jesucristo y alimentar en nosotros el deseo de la misión, para que el mundo crea y pueda compartir con nosotros la alegría de la salvación.
Pero esto exige por parte de todos conversión y renovación... Está claro, pues, que para una participación fructuosa en la celebración eucarística dominical se requiere una intimidad cada vez más profunda con la palabra de Dios, la cual constituye un momento insustituible de la celebración.
En efecto, en la asamblea eucarística el encuentro con el Señor resucitado tiene lugar a través de la doble participación en la mesa de la Palabra y del Pan de vida. La escucha de la Palabra es la que introduce a la comprensión del misterio del Pan de vida y, más profundamente, a la comprensión de la historia de la salvación que el mismo Jesús, resucitado de la muerte, concedió a sus discípulos. No se debe olvidar que es él quien habla cuando en la Iglesia se escucha y se lee la sagrada Escritura. De aquí se deriva un serio empeño para una escucha atenta de la Palabra y una educación para comprenderla y vivirla de manera cada vez más profunda (Cardenal Bertone a los Obispos del Perú).