martes, septiembre 20

La misma cruz, el mismo Cristo y dos ladrones - dos posturas

¿Qué hay en el hombre que no tenga otro hombre?, ¿Qué hay dentro de nosotros, para que puestos en las mismas circunstancias dos personas, unos digan sí al Señor y otros no? Es un misterio y un drama. El drama de nuestra libertad, que por mucho mal que hagamos Dios no nos la quita. Y el que sin Dios vivir quiere, sin Dios vive y sin Dios muere.

Si subes con la consideración de tu mente al calvario, allí verás al Señor crucificado en medio de dos ladrones, es decir, en medio de dos posturas, de dos actitudes ante el dolor. El uno, el buen ladrón, se abre a la gracia y se salva; el otro se rebela, se cierra a la gracia y se desespera. El mismo Cristo benevolente para los dos, pero dos respuestas distintas ante Él con respecto a la cruz. El uno toma la cruz y se resigna a morir en ella; el otro la rechaza y blasfema de Dios. El uno, el mal ladrón, pone su felicidad en las cosas de este mundo. Su petición a Jesús, llena de amargura exigente, reza así: ¡”Sálvate a ti y a nosotros”. El otro, en cambio, pone su corazón en la eternidad. Su oración es humilde. Primero confiesa su pecado y la inocencia de Jesús, y luego, lleno de fe y de esperanza, reza: “Acuérdate de mí, cuando estés en tu Reino”.

El mismo hecho, las mismas circunstancias, la misma cruz, el mismo Cristo. Dos ladrones, dos posturas.

Con estos pensamientos, pasemos a lo que el Señor le muestra en esta ocasión a Alan Ames y lo que nos revela.

REVELACIONES DEL DÍA 15 DE JULIO DE 1996

Al poco tiempo llegamos a una aldea, la cual estaba envuelta en el silencio, no se veía a nadie. No había animales, nadie, sólo una aldea vacía.

“Esto está muy tenebroso, Señor”, dijo Juan que se había acercado, mientras estábamos de pie en medio del pueblo.

“¿Estás asustado por el silencio?”, pregunté.

“No, sólo que no hay nadie aquí”, contestó Juan.

“No tengáis miedo. Cuando dejáis que el miedo se apodere de vosotros es cuando permitís que el mal suceda. Confiad en Dios y con esa confianza tened calma, pues Dios cuidará de vosotros”, dije.

Justo entonces escuchamos un grito a corta distancia. “Venid, veamos qué está sucediendo”, hice señas a mis discípulos.

Mientras nos encaminábamos en la dirección del grito, escuchamos otro grito, y otro más y otro. Al irnos acercando pudimos oír voces romanas riéndose y burlándose. Entramos en un pequeño donde pudimos ver a toda la aldea reunida. Ante ellos estaba una tropa de soldados romanos.

Había dos cruces levantadas con un joven sobre cada una de ellas, y otro hombre que parecía que ya había sido fuertemente golpeado y estaba siendo colocado sobre una tercera. La multitud permanecía en silencio, mientras que el hombre gritaba en agonía: “por Israel”.

Mientras decía esto, traspasaban su mano con un clavo y él se cimbraba en agonía.

“Esto, por esta mandita tierra”, dijo sonriendo un soldado, mientras levantaba la cruz sobre el suelo y escupía en la cara del joven. La cruz fue levantada y el centurión encargado de los soldados se puso frente a ellos y vociferó: “Esto es lo que sucede a los criminales que se oponen a Roma. Recordad esto la próxima vez que os sintáis valientes, y esto” dijo, apuntando a los animales de la aldea que estaban amarrados cerca de ahí, “es lo que le sucede a aquellos que los apoyan”.

Dio una señal a sus soldados y algunos de ellos empezaron a matar a los animales. El joven que estaba en la cruz gritó a pesar de su dolor: “Ellos no han hecho nada, dejadlos”.

El centurión alzó la vista hacia él y dijo: “¿con que, por tus amigos, quieres asumir todo el castigo? ¡Qué valiente! Bien, toma esto”.

El romano tomó una lanza de uno de sus soldados y con el extremo contrario empezó a golpear al hombre en el estómago.

“Detente, detente”, gritó una mujer mayor que corrió al frente. “Por favor, no lo lastimes más”.

El centurión se volvió y golpeó a la mujer en la cara con la misma parte de la lanza. Mientras hacía esto, el hombre en la cruz gritaba: “¡madre!”

La madre yacía semiinconsciente con sangre que corría por su cara. “Esta es la ramera que te parió”, dijo riéndose el romano, mientras que escupía sobre ella.

El hombre en la cruz gritó en voz alta: “Oh Dios, protege a mi madre”, y entonces expiró.

DIOS ESCUCHA CUANDO SE LE INVOCA

“¡Dios! No existe Dios, sino únicamente el dios de la espada romana”, se burló el centurión y sus hombre también empezaron a reírse.

Yo me adelanté y Pedro me tomó del brazo: “Señor, ten cuidado”, dijo.

“Pedro, no temas. Confía” le sonreí y Pedro Me dejó ir. Continué hasta donde estaba la mujer y Me arrodillé a su lado.

“¿Qué es esto?” rugió el romano, mientras Me miraba.

“¿Eres otro de sus hijos? ¿Eres también un rebelde?” cuestionó, y levantó la lanza para pegarme.

Vi a Pedro correr para ayudarme antes de que fuera golpeado por un soldado romano y que cayera inconsciente en el piso.

Cuando la lanza venía hacia Mí, Me volví a ver al centurión, a ver su corazón. Entonces la lanza se detuvo justo ante Mí antes de que Me tocara. El centurión estaba como congelado cuando le dije: ¿”Te gustaría que tu madre fuera tratada así? Golpear a una mujer anciana es un signo de debilidad, no de fortaleza”.

“¿Te acuerdas de cómo tu padre golpeaba a tu madre, noche tras noche, cómo se reía por su dolor, cómo querías tú matarlo por lastimar así a tu madre? Ahora, tú haces lo mismo. Imitas a tu padre a quien odiaste tanto por lo que hacía. Ahora, tú haces lo que él hacía”

El centurión se tambaleó. “¿Cómo sabes eso?”, preguntó.

“Yo sólo lo sé”, dije, y también sé cómo tratas a tu esposa. Sigues los pasos de tu padre. ¡Sin embargo, cuando eras niño juraste que nunca serías como él y ahora lo eres!”

“¿Có-có-cómo sabes tantas cosas?”, dijo nerviosamente.

“Yo sé de un niño pequeño que una noche se puso a defender a su madre y fue golpeado y casi muerto por su padre. Un niño, cuyo padre lo encerraba en un cuarto oscuro durante muchos días, sin comida, sólo con agua. Un niño que dijo que nunca sería lastimado otra vez. Un niño que, tan pronto como creció suficientemente se unió a las legiones de Roma y llegó a ser un hombre fuerte. Un niño que regresó a casa lleno de odio y golpeó a su padre hasta matarlo. Un niño que se ha convertido en un hombre lleno de odio y de rencor. Un hombre, cuyo amor ha desaparecido”, dije, viendo su vida entera ante Mí, “una vida ahora llena de muerte y de destrucción, una vida de ira”

Él Me miró intensamente. Dos de sus soldados corrieron a golpearme, cuando él gritó: “¡no! ¡deteneos! Dejadlo.”

La mujer estaba volviendo en sí ahora, cuando Yo levanté la mirada y le dije: “¡recuerda a tu madre!”

Una lágrima se formó en sus ojos. Él se la secó y dijo: “soldados, recoged vuestras armas, nos vamos”. Me miró y dijo: “nos volveremos a encontrar”.

Después, montó en su caballo y guió a sus hombres para que se alejaran de la aldea. Yo sabía que nos volveríamos a encontrar, pues en sus manos vi la corona de espinas que pondría en Mi cabeza.

….

DOCTRINA DE JESUS

Qué triste Me sentí internamente cuando nos alejábamos. Triste, porque aun después de mostrarle al centurión cómo había seguido una senda de pecado, no quiso verlo. Triste de que muchos seguirán los ejemplos de maldad que ven ante ellos, aun cuando al principio los rechacen. Triste de que el mal pueda traer a tantos a hacer lo que rechazan, y los ciegue, para que no puedan ver en lo que se han convertido.

Vi en el centurión a muchos que, explotados en su infancia, abusarían después de otros cuando fueran mayores. Cómo, en vez de volver la espalda a lo que los había herido y en vez de abrazar el verdadero amor, el amor de Dios, para ser ayudados a aliviar su sufrimiento interno, infringirían el mismo dolor, el mismo sufrimiento que ellos habían padecido.

El pecado y la maldad pasaban de generación en generación. Multiplicándose la infracción y la perversidad, creciendo, extendiéndose a través de aquellos que habían sufrido y que ahora estaban llenos de odio y de ira. Si únicamente se buscara el amor, el mal se detendría en su curso, y el sufrimiento se convertiría en la alegría del amor.

Qué ciega es la humanidad al propagar lo que sabe que es erróneo, lo que entiende que hiere, lo que sabe que es malo, y lo que conoce que debe ser rechazado. Es una ceguera de las entrañas, una frialdad que envuelve, que convierte a los corazones creados para ser amor en corazones de piedra…obcecados a la bondad, ofuscados al amor, y ciegos a Dios.

Vendrá un día en que la ceguera se levantará y muchos se preguntarán cómo han podido aceptar tanto pecado, cómo han abrazado el mal, y cómo han herido a Dios.

No hay comentarios.: