
Bienaventuradas las familias, fundadas en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que son el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral, porque de ellas es el reino de los cielos.
Bienaventuradas las madres y los padres que se han dicho un Sí total ante Dios, base del sacramento que les une; que han dicho también un Sí de aceptación a sus hijos, a los que han engendrado o adoptado, porque de ellas es el reino de los cielos.
Bienaventuradas las familias, en las que cada persona aprende a dar y recibir amor, porque de ellas es el reino de los cielos.
Bienaventuradas las familias que no se cierran en sí mismas; en las que los hijos van aprendiendo que toda persona es digna de ser amada, y que hay una fraternidad fundamental universal entre todos los seres humanos, porque de ellas es el reino de los cielos.
Bienaventuradas las familias, escuelas de humanización del hombre, en las que la experiencia de ser amados por los padres lleva a los hijos a tener conciencia de su dignidad de hijos, porque de ellas es el reino de los cielos.
Bienaventuradas las familias, en las que los hijos contemplan más los momentos de armonía y afecto de los padres, que no los de discordia o distanciamiento, porque de ellas es el reino de los cielos.
Bienaventuradas las familias que, con el testimonio constante del amor conyugal de los padres, vivido e impregnado de la fe, y con el acompañamiento entrañable de la comunidad cristiana, favorecen que los hijos hagan suyo el don mismo de la fe, descubran el sentido profundo de la propia existencia y se sientan gozosos y agradecidos por ello, porque de ellas es el reino de los cielos.
Bienaventuradas las familias en las que los abuelos, tan importantes, son garantes del afecto y la ternura que todo ser humano necesita dar y recibir, porque de ellas es el reino de los cielos (José Francisco Serrano Oceja - A&O 507)