Hablar para encontrar los aplausos, hablar orientándose a lo que quieren escuchar los hombres, hablar obedeciendo a la dictadura de las opiniones comunes, es considerado como una especie de prostitución de la palabra y del alma (cfr. 1 Pedro 1, 22)
El teólogo necesita una forma de «castidad» que implica no someterse a estos estándares, no buscar los aplausos, sino buscar la obediencia a la verdad.
Y creo que ésta es la virtud fundamental del teólogo: esta disciplina incluso dura de la obediencia a la verdad, que nos hace colaboradores de la verdad, boca de la verdad, para que no hablemos nosotros en este río de palabras de hoy, sino que realmente seamos purificados y castos por la obediencia a la verdad, que la verdad hable en nosotros.
Recordando una expresión de uno de los teólogos más grandes de todos los tiempos, san Tomás de Aquino (1221-1274): en la teología, Dios no es el objeto del que hablamos. Esta es nuestra concepción normal. En realidad, Dios no es el objeto; Dios es el sujeto de la teología.
Quien habla en la teología debería ser el mismo Dios. Y nuestro hablar y pensar sólo debería servir para que pueda ser escuchado, para que pueda encontrar espacio en el mundo la Palabra de Dios.
Para que los teólogos puedan alcanzar esta especie de purificación, se recomienda silencio y contemplación sirven para conservar, en la dispersión de la vida cotidiana, una permanente unión con Dios.
Este es el objetivo: que en nuestra alma esté siempre presente la unión con Dios y transforme todo nuestro ser. Silencio y contemplación sirven para poder encontrar en la dispersión de cada día esta profunda, continua, unión con Dios».
Ahora bien, la bella vocación del teólogo es hablar. Esta es su misión: en la locuacidad de nuestro tiempo, y de otros tiempos, en la inflación de las palabras, hacer presentes las palabras esenciales. En las palabras hacer presente la Palabra, la Palabra que procede de Dios, la Palabra que es Dios (Benedicto XVI a la Comisión Internacional de Teología) Lea: la misión del teólogo
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