La misión, si no es orientada por la caridad, es decir, si no nace de un profundo acto de amor divino, corre el riesgo de reducirse a una mera actividad filantrópica y social. Efectivamente, el amor que Dios tiene por cada persona constituye el núcleo de la experiencia y del anuncio del Evangelio, y todos cuantos lo acogen se convierten a su vez en testigos. El amor de Dios que da vida al mundo es el amor que nos ha sido dado en Jesús. Tras su resurrección, Jesús confió a los discípulos el mandato de difundir el anuncio de este amor, y los Apóstoles, transformados interiormente por la fuerza del Espíritu Santo, comenzaron a dar testimonio del Señor muerto y resucitado. Desde entonces, la Iglesia continúa esta misión, que es para todos un compromiso permanente.
Toda comunidad cristiana está llamada a dar a conocer a Dios que es Amor. Signo sorprendente de este amor es la Cruz. Para amar según Dios es necesario vivir en Él y de Él: Dios es la primera casa del hombre, y sólo quien vive en Él arde con un fuego de caridad divina capaz de incendiar el mundo. ¿No es ésta, quizás, la misión de la Iglesia en todo tiempo? Precisamente, de la conciencia de esta misión común toma fuerza la generosa disponibilidad de los discípulos de Cristo para realizar obras de promoción humana y espiritual. Ser misioneros significa, pues, amar a Dios con todo lo que uno es, hasta dar incluso la vida por Él.
El testimonio del amor concierne a todos. Junto con los misioneros y las misioneras, otros muchos, niños, jóvenes y adultos, con la oración y su cooperación de maneras diferentes, contribuyen a la difusión del reino de Dios en la tierra.
Del Mensaje del Papa para el Domund 2006
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