
No dejes que te roben la fe, cuesta demasiado recobrarla.
La resistencia de mi incredulidad duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: "El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ¡Dura noche!". Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe, no saben lo que cuesta reencontrarla y a precio de qué torturas. El pensamiento del infierno, el pensamiento también de todas las bellezas y de todos los gozos a los que tendría que renunciar -así lo pensaba- si volvía a la verdad, me retraían de todo.
Pero, en fin, la misma noche de ese memorable día de Navidad, después de regresar a mi casa por las calles lluviosas que me parecían ahora tan extrañas, tomé una Biblia protestante que una amiga alemana había regalado en cierta ocasión a mi hermana Camille. Por primera vez escuché el acento de esa voz tan dulce y a la vez tan inflexible de la Sagrada Escritura, que ya nunca ha dejado de resonar en mi corazón. Yo sólo conocía por Renan la historia de Jesús y, fiándome de la palabra de ese impostor, ignoraba incluso que se hubiera declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea, desmentía, con una majestuosa simplicidad, las impúdicas afirmaciones del apóstata y me abrían los ojos. Cierto, lo reconocía con el Centurión, sí, Jesús era el Hijo de Dios. (Paul Claudel más)
¡No aborten, no lo hagan!
Leo en un blog digital la impactante afirmación de Carmen: «Yo aborté dos veces, a los 19 y a los 21. Hoy en día me arrepiento. Voy a ser madre y tengo miedo que ahora sea Dios quien me quite este bebé. Me arrepiento por lo que hice, porque no quitas una vida, te quitas tú una parte de tu vida… No lo hagan».
En Australia, el Consejo Nacional de Investigación Médica y Salud, exige la utilización de analgésicos para los fetos de animales. Hoy se pueden observar las reacciones del nonato ante las sensaciones de dolor y de miedo. No hace mucho, la prestigiosa revista médica The Lancet reveló que, en los fetos, se producen reacciones hormonales de stress, por lo que se recomienda la utilización de analgésicos cuando se les practica la cirugía. También la recomiendan los asesores científicos del Consejo Médico Federal de Alemania. Hay estudios que fijan la percepción del dolor en el feto a partir de las diez semanas, siendo desde las veinticuatro más intenso aún que en un adulto. ¿Por qué no se lo explican a las madres en las clínicas abortivas? (Josefa Romo Valladolid A&O 479).
«¡No queremos más preservativos!»
En una entrevista a la doctora pediatra Margaret Ogola, en el transcurso de un congreso sobre el sida, en Nairobi (Kenia, un país que en apenas 20 años perdió 2 millones de jóvenes por culpa del sida), decía, con enérgica expresión: «¡No queremos más preservativos!» Si el uso del preservativo no da resultado, si las cifras de infectados lo demuestran, ¿por qué se insiste en este camino?
Hay un país de África al que convendría prestar atención: Uganda. Es un caso raro de éxito en la lucha contra el sida. Allí, la tasa de infección por VIH ha descendido, entre personas de 15 a 49 años, del 30% de los comienzos de los años 90, al 5% el pasado año. Tan llamativo ha sido el descenso, que ha trascendido a las más altas instancias internacionales, de tal manera que, este año, la ONU ha suprimido las ayudas a Uganda para este fin.
¿Qué argumento han utilizado las autoridades para convencer a la población y así lograr esa reducción de la que todo el país se siente orgulloso? Uno sencillo de describir: el ABC, que fomenta el cambio de conducta sexual a través de la abstinencia y la fidelidad a la pareja. ¿Por qué no se imitan estas campañas? ¿A qué se tiene miedo? ¿Hay, acaso, intereses que se resentirían, y que están presionando para impedirlo? (Mercedes Gómez Fernández, Madrid A&O 479)
Que los Niños sepan pedir auténticos regalos de Navidad.
Les quiero contar una historia que sucedió, hace ya unos años, en algún lugar de nuestra vieja y tan querida España. A un padre de familia le suspendieron temporalmente de empleo. Este buen hombre era conductor de autobús en una empresa municipal y, por un malentendido con el extravío del precio de un billete, la empresa decidió suspenderle hasta que se aclarase la situación. Pasaban los días y Francisco, el protagonista de nuestra historia, se desesperaba más y más, pensando que lo iban a echar del trabajo. Entró en un principio de depresión, y por culpa de esto perdió las ganas de hacer cosas.
Su hija de 8 años se dio cuenta de que algo no iba bien, de que a su padre algo le pasaba con su trabajo. Por eso, cuando llegó Navidad, decidió pedir como único regalo que le devolvieran el autobús a su padre. Entonces su padre, al ver la carta, no pudo más que emocionarse. Pues bien, a los poco días, le comunicaban del trabajo que ya podía volver a incorporarse y que todo había quedado en un error de contabilidad e informático.
Ojalá seamos todos como esa niña, que se dio cuenta de que algo no iba bien. Que uno de sus seres más queridos tenía problemas. ¡Ojalá sepamos pedir por los nuestros, por los que más nos quieren, y menos por nosotros! (Íñigo de Alfonso, Barcelona A&O 479)





























